Continuando la línea de reflexión de mi post anterior, hoy quisiera deliberar sobre la invasión del espacio digital personal. De una forma inconsciente, al adentrarnos en la Red vamos perdiendo nuestra intimidad en la medida en que facilitamos todo tipo de datos sobre nosotros, los cuales son utilizados para “capturarnos” y hacernos esclavos de la Web ¿Cómo caemos en esa telaraña?
Al igual que ocurre con el espacio psico-físico, el individuo en Intenet crea una serie de esferas concéntricas: Una pública, que usualmente se identifica con un avatar, un personaje ficticio, que en realidad nada tiene que ver con nuestra persona, pero que, inconscientemente, dice mucho de nosotros mismos. Otra social-personal, que muestra nuestro yo “fecundo”: mis fotografías, mi blog, mi página de artes marciales, mis aficiones públicas y otros contenidos que no son especialmente relacionables con mi persona. Finalmente, hay una esfera íntima a la que sólo permitimos que accedan, las personas a las que conocemos en la vida real, fuera de Internet, es decir, de mi Feisbuc, mi Tuenti, o la cuenta de messenger que usamos para chatear con los amigotes/amigotas. El navegante anónimo participante en foros y chats socialmente reprobables o moralmente impecables siempre encuentra incómodo que se llegue a él espontáneamente saltando de un espacio a otro. Si este salto se produce directamente desde el espacio público al íntimo, la experiencia es abiertamente aterradora.
Para tranquilidad de todos, les diré que el único modo real de que se produzca este salto es porque el propio interesado lo propicie. Entonces ¿cómo puede darse la situación de que alguien es capaz de dar tu nombre y tu DNI en un foro? Fácil: inadvertidamente, en el pasado, participaste en un inocuo blog de razas de perros dando el mismo nick con el que ahora intervienes en este otro foro, y ahí aparece tu e-mail. Y en otra página, sobre Origami, pusiste tu nombre real asociándolo a ese e-mail. Y en la Universidad, aparecieron tus notas junto a tu DNI en un PDF que un profesor de Filosofía Antigua colgó hace cuatro años en la red. Así que ahí tienes el salto: tienen tu Nick, que les lleva a tu e-mail, que les lleva a tu nombre, que les lleva a tu DNI. Por eso hoy brotan como hongos empresas que se dedican a defender la reputación de individuos en la Red, o incluso a eliminar sus huellas y a devolverles el anonimato que siempre quisieron conservar. Ustedes se preguntarán ¿Podría ser todavía peor? No les quepa la menor duda:
Imagínense que, de forma completamente voluntaria, cedemos abiertamente, nuestros documentos, nuestros recuerdos, nuestras contraseñas, nuestros anhelos y temores, nuestras filias y fobias, el número de nuestras cuentas corrientes, el contenido de nuestros discos duros, nuestras tarjetas VISA; que proporcionamos a otro, a quien ni siquiera conocemos, el contenido de nuestras fantasías sexuales, de nuestras inquietudes sociales y políticas; que entregamos a alguien, a quien nunca hemos visto, todos nuestros correos electrónicos, nuestras fotos más íntimas, nuestra agenda de teléfonos, nuestra lista de la compra, los vídeos del nacimiento de nuestro hijo; que abiertamente le contamos todos nuestros proyectos; que le desvelamos qué sentimos realmente por nuestra pareja, dónde vamos a invertir lo que hemos ganado en la lotería; que lo invitamos a que se siente a nuestro lado para que vea qué buscamos en Internet; que le permitimos que sea nuestro mediador al comprar cosas, que le regalamos las carpetas con nuestro diario íntimo, que dejamos que fisgue en nuestra basura y, en un alarde de ingenuidad, le presentamos a toda nuestra familia, a nuestra cuñada Choches, nuestros amigos, nuestra pareja, nuestra amante francesa y a Sarai la del Mercadona, y le revelamos sin pudor todo el entramado de relaciones de amor, lujuria, dinero, indiferencia, amistad y odio que fluyen entre todos nosotros.
Usted me dirá: ¡Pero eso es imposible! ¡yo jamás lo haría!.... Querido amigo, como decía “el Guerra” ¡hay gente pa tó!
Poco a poco, Google, “Gúguel” en spanish Internet, se ha ido trocando en nuestro confidente y nuestro amigo. En el repositorio, aparentemente anónimo, en el que volcamos nuestra vida. Gúguel te permite alojar fotos, vídeos, obtener feeds RSS personalizados, almacenar documentos, convertirlos, recibir y enviar correos, sumar, restar, multiplicar y dividir, encontrar ficheros en tu disco duro, direcciones y teléfonos, chatear con personas, o recibir alertas de noticias. Y aparentemente, no hay nada de malo en ello. El problema es que ahora mismo Gúguel sabe que yo soy la persona que está suscrita al feed de RSS de ese blog de “rapaces nocturnas” y tiene tal número de cuenta corriente y ha buscado tal depravación en internet y que en mi e-mail recibo desde hace dos años regularmente correos encendidos de una voluptuosa mujer que no es mi mujer y que tiene debilidad por las joyas caras como se puede ver en su historial de búsquedas. El cruce de datos es el que hace temible a Gúguel. Porque es imposible escapar de él. Gúguel está en todas las puñeteras páginas de internet. Incluso en ésta, está contándola con Analytics, sabe quién eres, sabe que has leído este blog, y cuando te vayas a otro lado, estará ahí esperándote con anuncios de Adsense, banners de Doubleclick, o un player embebido de Youtube, y cruzará ese historial de navegación con lo que busques dentro de dos semanas. Y seguirá haciéndolo, sistemático, imparable…
Hasta hoy no me había angustiado. Me daba un poco igual que Gúguel supiera que un tal porompompero@gmail.com busca “carros robados” en la web, porque no podía llegar hasta mí, no podía llamar a la puerta de mi casa para cogerme por las orejas. Pero ya sí puede, ahora existe Google Latitude. “Perversamente” Latitude fusiona Google Maps con tu cuenta de Gmail y tu número de teléfono. Te dice dónde estás. Y dónde están tus amigos. En cualquier momento. Así que yo he dejado de ser ciudadanoanonimo@gmail.com para tener un número de teléfono y una casa y un trabajo... y buscar tal cosa, y tener tal blog y tal lista de amigos... Cuando instalas el software, que se queda residente en tu teléfono móvil de un modo harto discreto y friendly, te pide inmediatamente tu cuenta y password de Gúguel. Ya está. El fin de la cadena para envolverte en la red ha concluido. Ya tienes cara, cuerpo, ya eres un ente físico en un lugar preciso de este triste universo. Eres la mosca en la telaraña.
Sí, en efecto, es algo terrible, espantoso. Tanto, que estoy convencido que en el poco tiempo que ha dedicado a leer este soliloquio, miles de “moscas” se lo están bajando y después comentarán en sus chats la sensación que experimentaron al terminar de instalarlo.
En definitiva, esta reflexión en la que difundo el pánico que me produce que una sola empresa conozca mi vida digital mejor que yo mismo, me conduce a experimentar lo mismo que al protagonista de aquella vieja serie de TV , Los invasores, doblada en Puerto Rico, cuando trataba de explicar que estaban siendo invadidos por extraterrestres… sus interlocutores le miraban y sonreían, ya habían sido abducidos.
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mars 15 2009, 07:54
by
abadenas